La duquesa, pendiente de todo, daba vueltas al pequeño cogiéndolo de los hombros e imaginando el atuendo apropiado para la ocasión. Mientras, el niño daba saltitos de un pie a otro, no para a quieto en el mismo sitio, se escurría de las manos de su madre y se preguntaba en secreto la importancia de aquel día. Ahora probaban el traje, ahora le aplicaban un ungüento pegajoso en el pelo, ahora abrillantaban sus nuevos zapatos...
Cuando el tutor llegó al palacete con su traje negro, tan sobrio, no defraudó a la duquesa, que le esperaba ansiosa. Erguido como una tabla, tras los saludos iniciales a los padres, paseó su mirada por la estancia, con curiosidad pero con clase, hasta que encontró al pequeño Nicolás jugando tras uno de los sillones.
Se dirigió a él con aire imponente y frente a él ya le quiso saludar como a un hombre. Le extendió su mano...
El niño se puso en pie, y mirándole con curiosidad le dijo: "Hola señor! Por qué tengo que ponerme zapatos nuevos para leer los libros viejos?"
Tania A. Alcusón


